Las confesiones de San Agustín (400AC)
Porque a veces me apetece hablar sobre el lenguaje y no me cabe en un tuit
Thursday, 7 May 2026
Wednesday, 15 April 2026
Lingüística: la ciencia que nos revela la 'matrix' en que habitamos
Lingüística: la ciencia que nos revela el código de la ‘matrix’ en que habitamos
Un día cualquiera nos levantamos. Quizás pedimos una taza de té y una tapa en el bar, escribimos la lista de lo que falta en nuestra nevera, hacemos la compra en el supermercado y también leemos en el periódico un titular que dice: “La IA nos va a robar el trabajo”. En todos estos casos, hemos recibido o intercambiado información. Pensamos que esto ocurre en un mundo objetivo, pero en realidad operamos en una realidad construida, una suerte de matrix como la de la película de Keanu Reeves dirigida por las hermanas Wachowski.
Solemos creer que el lenguaje es solo una herramienta de comunicación, pero en realidad es el código que construye nuestra percepción del mundo. La lingüística es la ciencia que nos permite ver y entender ese código. En mi reciente libro, 20 razones para amar la lingüística, explico cómo esta ciencia estudia y desentraña la naturaleza de una de las capacidades más especiales y definitorias del ser humano.
El algoritmo que hace posible entenderse
Cuando pedimos una taza de té, el camarero entiende fácilmente que no queremos la taza, sino un té; tampoco queremos una tapa para cerrar un bote, sino una pequeña porción de algún alimento que acompañe nuestra bebida. El camarero, como cualquier hablante, llega directamente a la interpretación final de esas expresiones.
El lingüista, en cambio, ve el algoritmo que las hace posibles: la metonimia “contenedor por contenido” (taza de té por té) y la metáfora conceptual que utiliza la analogía con las tapas de los botes para referirse al pequeño bocatita que según leyendas varias los taberneros colocaban sobre los vasos de vino o los bebedores usaban para tapar los efectos del alcohol.
Lenguaje y memoria
Si se nos olvida la lista de la compra y somos hablantes de español seguramente recordaremos peor los primeros elementos de la lista que un hablante de japonés o coreano. Los lingüistas saben que se debe a que estas lenguas tienen una estructura SOV (Sujeto-Objeto-Verbo) que acostumbra a poner los modificadores antes que el sustantivo (por ejemplo, en estos idiomas se dice: “el brillante y luminoso, de navidad árbol”).
Esta particularidad hace que los hablantes de estas lenguas retengan mejor la información inicial de un listado de palabras ya que su idioma les ha entrenado para desarrollar su memoria de trabajo a corto plazo, reteniendo los adjetivos en su mente hasta llegar al objeto.
Números y palabras
La lengua que hablamos también puede facilitar el razonamiento y la memoria de trabajo al aprender y realizar cálculos matemáticos.
Por ejemplo, cuando por fin nos acordamos de lo que queríamos comprar y vamos a pagar, puede que necesitemos contar las monedas de 20 céntimos que tenemos en la cartera. Si somos hablantes de euskera podremos sumarlas un poquito más rápidamente que si hablamos italiano o español.
De nuevo, la lingüística puede explicar esta curiosidad. El euskera es una lengua que tiene un sistema numérico en base 20. El español y el italiano son sistemas decimales (base 10). Otros idiomas, como el francés, mezclan estas dos bases.
El ekari de Papúa Nueva Guinea tiene un sistema en base 60, y otras lenguas ni siquiera tienen palabras para nombrar cantidades mayores de 3 unidades. El pirahã, una lengua amazónica, carece de números. Este agujero lingüístico parece estar ligado a la dificultad que tienen sus hablantes de reconocer cantidades exactas mayores de tres.
Narrativas y metáforas
Por cierto, el yogur que elegimos porque es un 80 % libre de grasa es exactamente igual que el que no hemos comprado porque en su etiqueta nutricional declaraba un 20 % de grasa. Los especialistas en marketing, entre los que suelen encontrarse lingüistas, manipulan así las narrativas publicitarias, mostrándonos el producto desde el marco lingüístico más atractivo para influir en nuestra decisión de compra.
Algo parecido hacen los políticos y los periodistas. Cuando leemos en el periódico que “la IA nos va a robar el trabajo”, se nos está presentando lingüísticamente la inteligencia artificial como un ser con capacidad de decisión y acción. Esta personificación metafórica oculta al verdadero agente (grandes tecnológicas) y diluye la responsabilidad de los efectos de la IA sobre el mercado laboral.
Influencia en la salud física y mental
Como muestran estos ejemplos cotidianos, el lenguaje es el código con el que se construye la matrix en la que habitamos.
Pero además, tiene efectos beneficiosos sobre la salud, ordena y da sentido al mundo en el que vivimos, permite trascender la inmediatez del aquí y el ahora, nos ayuda a coordinarnos para defendernos de amenazas y evolucionar como especie; es un instrumento de opresión, pero también de liberación; es nuestra piel, nuestra tarjeta de presentación, nos protege y también nos delata, desenmascarando a tramposos, criminales y falsificadores.
Una ciencia fundamental
La lingüística, la disciplina que nos ayuda a entender el lenguaje, es como cualquier otra ciencia que estudia aspectos fundamentales del ser humano. Y sin embargo, a menudo su naturaleza científica se pone en duda.
Quizás esto es así porque su objeto de estudio no es observable ni medible. El lenguaje es una capacidad intangible e invisible. Sin embargo, físicos y matemáticos buscan descubrir la naturaleza de la materia oscura del universo, también invisible, y predijeron la existencia de los agujeros negros antes de poder verlos a través de un telescopio, y nadie cuestionaría el carácter científico de estos estudios.
La materia oscura de nuestro universo comunicativo
Los lingüistas estudiamos el lenguaje, la materia oscura de nuestro universo comunicativo, invisible e inmaterial, observando su reflejo sobre lenguas concretas. Analizamos su uso en situaciones reales (habla) llevando a cabo estudios estadísticos basados en corpus informáticos de millones de palabras.
También realizamos complejos experimentos psicolingüísticos y neurolingüísticos mediante resonancias magnéticas funcionales y electroencefalogramas, sensores de sudoración, pupilometrías y oculometrías. Gracias a ello sabemos que el lenguaje influye en nuestra percepción de la realidad, en nuestra toma de decisiones, en nuestra creatividad, salud, memoria y capacidad de razonamiento y cálculo, entre otros muchos aspectos de nuestra vida diaria.
Parecen razones más que suficientes para amar la lingüística. Pero si aún no he logrado resultar convincente, hay muchas más.![]()
Lorena Pérez Hernández, Catedrática de Filología Inglesa. Lingüística cognitiva, Universidad de La Rioja
Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.
Lingüistica: Una ciencia con demasiados adjetivos
Artículo publicado en Cultugrafia [texto completo], 9 de abril 2026
Lorena Pérez-Hernández
A menudo, cuando me presento en un congreso, en una charla o ante estudiantes y digo que soy investigadora y lingüista, puedo percibir cómo en la mente de mis interlocutores se activa un marco conceptual muy concreto. Un estereotipo. Inmediatamente, se imaginan a una persona rodeada de diccionarios polvorientos, sentada en un sillón orejero, cuya única función en la vida es ejercer de «policía de la gramática» para corregir laísmos o debatir sobre la coma del vocativo. Existen sesgos profundamente arraigados en la sociedad y, lamentablemente, en parte de la academia: la creencia de que el estudio del lenguaje es una empresa teórica desconectada de la vida cotidiana y de que la lingüística no es una ciencia, sino una mera disciplina que estudia un fenómeno de naturaleza intrínsecamente cultural y no universal.
Nada más lejos de la realidad. Las palabras no son meras etiquetas que pegamos sobre las cosas para nombrarlas. El lenguaje no es solo un instrumento de comunicación. Es un código, un órgano de percepción, una herramienta cognitiva: la interfaz a través de la cual procesamos, entendemos y construimos la realidad. La lingüística es la ciencia que te revela el código matrix lingüístico en el que habitas.

En 20 Razones para Amar la Lingüística te ofrezco la píldora roja que te permitirá ver este código y reflexionar sobre utilidad de la lingüística en multitud de ámbitos de nuestra vida cotidiana. En este artículo me gustaría destacar su naturaleza científica y su relevancia para el resto de las ciencias.
- La lingüística es una ciencia.
- Universales Lingüísticos.
- ¿Cómo estudia el lenguaje la lingüística?
- La relevancia de la lingüística para el resto de las ciencias.
- El precio de la metáfora es la eterna vigilancia.
LA LINGÜÍSTICA ES UNA CIENCIA
El estatus científico de la lingüística ha sido tradicionalmente cuestionado. En el mejor de los casos, se ha considerado una ciencia “débil” o “blanda” por contraposición a las ciencias “de verdad” como las matemáticas, la física o la química. También se le ha caracterizado como ciencia “frontera”, a mitad de camino entre humanidades y ciencias. Para desterrar estos mitos y prejuicios, lo primero que debemos entender es qué estudia la lingüística y cómo lo hace.
La ciencia busca descubrir leyes y principios universales. La lingüística investiga las lenguas y el habla, ambas con un marcado componente cultural y amplia variabilidad entre comunidades de hablantes e incluso entre hablantes individuales. Quizás por esta razón cuesta entender la lingüística como ciencia.
Sin embargo, las lenguas y el habla no son su único objeto de estudio. La lingüística también se ocupa del lenguaje: la capacidad que nos permite desarrollar, aprender y usar esas lenguas. A mediados del siglo XX, Noam Chomsky ya apuntó a su posible base biológica.

Desde finales de ese siglo, las ciencias cognitivas, en general, y la lingüística cognitiva, en particular, han demostrado también que esta capacidad tiene una base corpórea y experiencial. No solo tiene reservado un lugar propio en nuestro cerebro para algunas de sus funciones, sino que hace uso de los recursos cognitivos, perceptuales y motores generales del ser humano para lograr dotar de significado a las palabras y estructuras lingüísticas. El estudio de las operaciones mentales que subyacen al lenguaje, de las zonas del cerebro asociadas y órganos perceptuales implicados y de sus efectos en los mecanismos de categorización de la realidad que usamos todos los humanos buscan la universalidad en sus conclusiones exactamente igual que el resto de las ciencias.
Estos aspectos del lenguaje se investigan desde la neurología y la neurolingüística, pero también pueden ser estudiados desde la propia lingüística. La lingüística cognitiva, por ejemplo, lleva desde los años 80 del siglo pasado investigando los mecanismos mentales que subyacen al lenguaje mediante la observación de su reflejo en las propias estructuras lingüísticas.
UNIVERSALES LINGÜÍSTICOS
No es esta la única manera en que la lingüística busca universales. Si la química tiene su tabla periódica de los elementos, la lingüística también tiene la suya. Heredera del pensamiento de filósofos del siglo XVII como Gottfried Leibniz, la lingüista Anna Wierzbicka ha dedicado su vida a desarrollar la tabla periódica del pensamiento. A través de un exhaustivo trabajo empírico que compara idiomas de la gran mayoría de familias lingüísticas, Wierzbicka y su equipo han identificado 65 primitivos semánticos. Estos son conceptos básicos, universales e indefinibles (como «yo», «tú», «hacer», «bueno», «malo», «antes», «después») que operan como elementos conceptuales primitivos a partir de los cuales se construyen todas las demás ideas complejas en cualquier lengua del mundo.

La lingüística tipológica también ha ofrecido evidencias de que las estructuras sintácticas de las lenguas del mundo no tienen una variabilidad ilimitada. Las restricciones que las limitan representan universales lingüísticos.
¿CÓMO ESTUDIA EL LENGUAJE LA LINGÜÍSTICA?
Pero la búsqueda de leyes y principios universales no es la única condición que define a un campo de saber como ciencia. Otro factor esencial es la metodología usada para conseguir estos objetivos. El método científico exige observación, formulación de hipótesis, experimentación empírica, análisis de datos y la capacidad de verificar las conclusiones alcanzadas.
La lingüística moderna, especialmente desde la revolución cognitiva de finales del siglo XX cumple escrupulosamente con todos estos requisitos. Hoy en día, tanto disciplinas relacionadas, como la psicolingüística y la neurolingüística, como las diferentes ramas de la lingüística (semántica, sintaxis, pragmática, análisis del discurso, fonética y fonología) llevan a cabo estudios experimentales y empíricos basados en la recogida de datos tanto en condiciones de laboratorio (ej. medición de tiempos de reacción del cerebro ante anomalías semánticas, sonidos y usos del lenguaje mediante electroencefalogramas (EEG) y resonancias magnéticas funcionales-fMRI), como en contextos de uso real (ej. entrevistas, encuestas). La lingüística de corpus procesa millones de datos para extraer patrones estadísticos de usos lingüísticos. Los estudios y los datos en los que se basan estos estudios se almacenan en repositorios de ciencia abierta para su replicación. La lingüística lleva décadas abrazando el método científico.
LA RELEVANCIA DE LA LINGÜÍSTICA PARA EL RESTO DE LAS CIENCIAS
La lingüística no solo es una ciencia. Es también la ciencia que ofrece el andamiaje conceptual sobre el que otras ciencias y disciplinas pueden apoyarse en su camino hacia lo desconocido. El pensamiento sin lenguaje es posible. Como Evelina Fedorenko ha demostrado en sus investigaciones, personas con su capacidad lingüística dañada pueden llevar a cabo razonamientos lógicos y matemáticos, musicales, de orientación e incluso jugar al ajedrez. Sin embargo, nadie, tampoco los científicos, pueden escapar a los efectos sobre su pensamiento de las operaciones cognitivas, con reflejo en el lenguaje, que usan para interaccionar con el mundo y trabajar en su disciplina. Entre estos mecanismos mentales destaca la metáfora conceptual. Tradicionalmente, se ha creído que las metáforas pertenecen al ámbito de la poesía, diseñadas solo para embellecer el discurso. Filósofos como Hobbes creían que su función principal era engañar a la gente, y para los pensadores del Círculo de Viena eran usos inexactos del lenguaje, incompatibles con las proposiciones empíricas de la ciencia.
Gracias a la lingüística cognitiva, hoy sabemos que la metáfora no es una figura retórica, sino un modelo cognitivo fundamental que nos permite comprender y hablar de lo abstracto utilizando nuestro conocimiento sobre lo concreto y lo material. La ciencia es el intento humano de explicar lo desconocido, lo invisible o lo microscópicamente pequeño. ¿Cómo pueden los científicos trabajar mentalmente con aquello que no pueden ver o que aún están en proceso de descubrir? La metáfora es la respuesta.
Cuando los científicos investigan, a menudo utilizan, consciente o inconscientemente, metáforas de pensamiento para abrir horizontes conceptuales que motivan el diseño de nuevos modelos, hipótesis y metodologías. La metáfora de la química como lenguaje, por ejemplo, permitió la creación de algunos de los instrumentos conceptuales más poderosos que tienen los químicos para hacer su trabajo. Desde Lavoisier y Berzelius, la química adoptó el dominio fuente del lenguaje para organizar el dominio conceptual de su propia disciplina.

Literalmente, la química no es un lenguaje, pero pensar en ella como si lo fuera permitió su sistematización moderna. Mediante esta metáfora, Lavoisier desarrolló la terminología de los elementos que aún hoy se usa. Berzelius propuso sus símbolos químicos con el deseo de construir un sistema de escritura internacional que domara el poder del alfabeto romano. Se construyó la nomenclatura de Ginebra de los compuestos orgánicos del 1892. La metáfora también ha servido de faro al iluminar algunos peligros sobre la proliferación de diferentes “lenguas de la química” (Tungsteno vs. Wolframio).
Otro ejemplo interesante lo encontramos en la biología y la genética. La biología molecular ha recurrido históricamente a metáforas: el ADN como el libro de la vida, los genes como código de barras o el ARN mensajero. Cada avance científico se basa en una metáfora y una vez superado un hito, otras metáforas ofrecen un nuevo trampolín conceptual sobre el que saltar para seguir avanzando. La ciencia es, a menudo, una sucesión de narrativas metafóricas. La física nos ofrece innumerables ejemplos de cómo sus avances sobre la naturaleza del átomo se han ido apoyando en diversas metáforas: el átomo como sistema solar, como nube de electrones, como olas cuánticas, o como la partícula de Dios (Boson de Higgs).

EL PRECIO DE LA METÁFORA ES LA ETERNA VIGILANCIA
Pero aquí reside el mayor peligro. Lo que la metáfora ilumina por un lado, lo oculta por otro y el precio de su uso en la ciencia es la eterna vigilancia (Rosenblueth y Wiener). El lenguaje metafórico, tan necesario y ubicuo cuando tratamos con lo desconocido, nos ofrece un modelo idealizado del mundo, a veces ambiguo o inexacto, y esto puede tener consecuencias epistémicas negativas (desviando hipótesis) y consecuencias sociales devastadoras al (mal)informar las políticas públicas.
Como señala Denis Noble en su libro La música de la vida, si consideramos que el ADN es el libro de la vida o un código de barras estamos adoptando un marco determinista: el ADN es una plantilla inamovible que dicta cómo somos. Estas metáforas nos limitan. Nos hacen olvidar que un gen no tiene una sola función y que el contexto celular modifica su expresión.

Si cambiamos la metáfora e imaginamos el ADN como una base de datos, una partitura o incluso como Spotify, abrimos nuevas líneas de investigación. Entendemos que la célula (el usuario) selecciona qué proteínas (música) reproducir dependiendo del momento y el entorno. Cada metáfora abre ciertas rutas de razonamiento y bloquea otras. Los científicos necesitan entrenarse en la identificación del lenguaje metafórico de su disciplina y sus consecuencias epistémicas.
El uso irreflexivo del lenguaje metafórico en la ciencia también puede tener efectos indeseables para la sociedad. Stepan (1986) nos recuerda un capítulo oscuro en el siglo XVII, cuando la ciencia usó la metáfora de las especies para referirse a las razas humanas, introduciendo así una lógica de jerarquía que justificó el racismo científico. Las metáforas no son neutras.
También en el ámbito de la divulgación los científicos se apoyan en narrativas metafóricas para hacer comprensibles sus descubrimientos. Estas son conocidas como metáforas de emoción y suelen tener un carácter hiperbólico con el objetivo de ganar impacto y captar la atención. Pero estos beneficiosos tienen que ser sopesados en relación a sus peligros, entre los que se encuentran la potencial sobre-simplificación del tema objeto de estudio, su banalización y la consiguiente perdida de credibilidad del investigador.
Enfrentarse a un problema científico, a la redacción de un artículo o a la divulgación de un hallazgo complejo, requiere prestar especial atención al lenguaje elegido, ya que las palabras no son simples contenedores de ideas, sino parte de la arquitectura misma de nuestro pensamiento. La lingüística puede informar a los científicos sobre las ventajas y los inconvenientes del lenguaje que utilizan en sus investigaciones y en la divulgación de sus descubrimientos.
La lingüística es una ciencia. Sin adjetivos modificadores. Si acaso uno: es una ciencia útil para la vida cotidiana y para todas las demás ciencias.
Saturday, 11 April 2026
Citas sobre el lenguaje- Antonio de Nebrija
"Siempre la lengua fue compañera del imperio"
Nebrija escribió esta frase como dedicatoria en su Gramática Castellana al regalársela a la reina Isabel La Católica.
Sunday, 30 November 2025
Citas sobre el lenguaje-Richard Rorty
Tuesday, 14 October 2025
Friday, 12 September 2025
Citas sobre el lenguaje-Ivor Amstrong Richards
Wednesday, 13 August 2025
Tuesday, 12 August 2025
Friday, 11 July 2025
Cuando pensamos con el coche la motonormatividad emerge en el lenguaje
Cuando pensamos con el coche: las palabras que usamos influyen en cómo nos movemos por la ciudad
“Me costó toda una vida aprender a pintar como un niño”.
Pablo Picasso
A medida que cumplimos años, nuestra visión del mundo deja irremediablemente de ser nuestra. Liberarse de los filtros que se van interponiendo entre nosotros y la realidad es algo muy complejo. Los genios como Picasso son conscientes de ello; el resto normalmente no nos damos cuenta.
Una parte del mundo la vemos con los ojos, pero otra gran parte nos llega tamizada por el lenguaje y los procesos de socialización. Con frecuencia, resulta complicado identificar esta visión como parcial y sesgada. Así sucede también cuando observamos (y hablamos) de la movilidad urbana.
A menudo vemos coches aparcados encima de las aceras obstruyendo el paso. En ocasiones incluso en parques o paseos, aparcados de manera ilegal. En inglés la palabra carspreading describe la acción de estos conductores, haciendo un paralelismo con el término manspreading que designa el habitual despatarre masculino en los medios de transporte.
En español carecemos de una palabra que describa ese uso desconsiderado del espacio público. El vacío léxico dificulta la comunicación, y lo que no se puede nombrar pasa más desapercibido. Aquello de lo que no se habla difícilmente se puede evitar.
Lo normal es el coche
La relación entre lengua y realidad es bidireccional. Los vacíos léxicos pueden venir determinados por modelos cognitivos –con frecuencia institucionalizados y dominantes– que nos hacen ver la realidad de manera sesgada. Uno de estos sesgos es la motonormatividad.
El pensamiento motonormativo enfatiza la conducción como forma de movilidad natural e impide juzgar como incívicos comportamientos al volante que en otros contextos identificaríamos casi como “antisociales”.
Esto se observa muy bien en los titulares de prensa que recogen accidentes automovilísticos y que a menudo utilizan diversas estrategias lingüísticas para silenciar la responsabilidad de los conductores.
La metonimia “coche” por “conductor”, por ejemplo, es una gran aliada de la motonormatividad. Titulares como “Un coche atropella a una joven” presentan automóviles que parecen tener vida propia. Curiosamente, la misma estrategia no suena natural cuando el vehículo es una bicicleta (“Una bicicleta atropella a un peatón”). En estos casos sí se suele hacer explícito el verdadero agente de la acción.
La voz pasiva también logra ocultar al responsable del atropello: “Herido grave un niño de 6 años tras ser atropellado”.
Si las estrategias anteriores no son suficientes para silenciar la responsabilidad de los conductores, siempre se puede echar la culpa a entes abstractos: “Los accidentes de tráfico se han cobrado la vida de 261 personas en lo que va de año” o “Un total de 1 755 personas fallecieron en las carreteras y calles españolas por culpa de un accidente de tráfico”.
La mentalidad motonormativa se extiende al uso de la cortesía verbal. A menudo los mensajes dirigidos a los conductores son más corteses (“Por favor, respeten los vados”) que los que damos a los niños (“Prohibido jugar al balón bajo sanción municipal”).
Metáforas de movilidad
La motonormatividad es una forma de ver el mundo que forma parte de nuestro sistema conceptual y se plasma también en las metáforas que usamos para entender y hablar de la movilidad.
Hablamos metafóricamente de la movilidad como un sistema circulatorio en el que las calles son las venas y arterias de la ciudad, y los vehículos a motor la sangre que discurre por ellas. Los obstáculos a la movilidad motorizada ponen en peligro todo el sistema y la salud de la ciudad en su conjunto. Basta leer un artículo en el que se explica cómo la covid-19 consiguió “atacar” la esencia de las ciudades, “desconectando sus órganos” y “debilitando” el transporte público, entendido como “su sistema circulatorio”.
La metáfora de la ciudad como un cuerpo tiene una función instructiva, y nos permite entender cómo funciona la movilidad urbana.
Pero además de instructivas, las metáforas también legitiman distintas formas de ver el mundo. Por eso, diversos estudios enmarcados en la ecolingüística proponen desenmascarar las narrativas lingüísticas y metafóricas que silencian los problemas de una movilidad exclusivamente motorizada.
Resistir con metáforas
Las metáforas de resistencia son habituales en el discurso de los usuarios de nuevos tipos de movilidad urbana. Mediante su uso visibilizan los sesgos del lenguaje y el pensamiento motonormativo.
Algunas de estas metáforas se apoyan en narrativas institucionalizadas. Por ejemplo, parten de la visión común de la ciudad como un sistema circulatorio pero resaltan las consecuencias negativas de un modelo de movilidad exclusivamente motorizado. Así, los coches aparecen como el colesterol que causa el bloqueo de sus arterias poniendo en riesgo la salud de la ciudad en su conjunto.
También, apoyándose en las equiparaciones metonímicas entre conductor y tipo de vehículo, se señalan las consecuencias sanitarias negativas que la movilidad motorizada puede tener para sus usuarios (al facilitar la obesidad y el desembolso económico) y se comparan con otro tipo de movilidad activa.
Nuevas metáforas para una nueva movilidad
Sin embargo, las metáforas de resistencia no siempre se apoyan en marcos ya establecidos. Estudiar el lenguaje de los activistas por la movilidad ciclista permite identificar otros tipos.
Uno de ellos es la oposición explícita al pensamiento motonormativo y la crítica abierta al coche como el “dios” o “rey” de la ciudad. Como explica el arquitecto y urbanista Juan Carlos García de los Reyes, el reino de los peatones “no es de este mundo”. No hay lugar para los ciudadanos en ciudades que están completamente “sacrificadas al coche”.
Hay otras metáforas que encontramos en los discursos que abogan por una movilidad sostenible, con frecuencia equiparada a la movilidad ciclista o peatonal. Éstas sirven para implantar en el imaginario colectivo narrativas más compatibles con los objetivos de desarrollo sostenible.
Es el caso del reenmarcado de la ciudad que supone entenderla no como un trastero de coches sino como una casa habitable, promoviendo una reflexión sobre cómo repartimos el espacio urbano entre sus diferentes usuarios. A nadie se le ocurriría diseñar su hogar con el garaje en el centro y ocupando la mayor parte de la zona habitable de su vivienda. Sin embargo, eso es lo que ocurre en las calles, donde los coches ocupan la mayor parte del espacio transitable.
Particularmente alineadas con los postulados de la ecolingüística están aquellas que construyen la ciudad como un ecosistema urbano. Igual que en un ecosistema natural coexisten múltiples especies, en un sistema de movilidad autónomo urbano pueden convivir distintas formas de moverse, incluyendo también a peatones, ciclistas u otras formas de transporte alternativo.
Este tipo de metáforas están intentando promover un marco cognitivo diferente, equiparado a lo que se está empezando a conocer como “multiautoculturalismo”, o la reinterpretación de la ciudad como una sociedad en la que conviven distintas identidades vehiculares.
La motonormatividad lleva décadas usando el lenguaje como un mecanismo de dominación para imponer una forma de ver el mundo basada en el predominio del automóvil. Pero el lenguaje es también un potente instrumento de liberación. Las metáforas de resistencia nos ayudan a imaginar realidades alternativas. Lo que se puede imaginar habita en el umbral de lo posible.
Reformulando a Picasso, necesitamos reaprender a pensar (y hablar) sobre movilidad urbana si queremos construir modelos de ciudad más sostenibles.![]()
Lorena Pérez Hernández, Catedrática de Filología Inglesa. Lingüística cognitiva, Universidad de La Rioja y Laura Filardo-Llamas, Profesora Titular en Filología Inglesa, lingüística y análisis del discurso. Universidad de Valladolid, Universidad de Valladolid
Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.
Friday, 7 March 2025
Las palabras que usamos y los silencios que se imponen al hablar de la menopausia
Lorena Pérez HernándezCatedrática de Filología Inglesa. Lingüística cognitiva, Universidad de La Rioja
Chelo Vargas SierraCatedrática de Filología Inglesa, Universidad de Alicante
María Ángeles Orts LlopisCatedrática de Traducción e Interpretación, Universidad de Murcia
En un inolvidable episodio de Verano Azul, Tito anunciaba a la pandilla la llegada de la primera menstruación de su hermana Bea: “Mi madre le ha dicho a mi padre que Beatriz es mujer desde hoy”. Su amigo Piraña respondía asombrado: “¿Y lo de antes no sirve?”.
Si la llegada de la regla nos eleva al estatus de mujeres, ¿qué ocurre cuando se retira? ¿Nos convertimos en seres asexuados? ¿Nos evaporamos? La menopausia es todavía hoy un tema tabú en muchos contextos, incluido el familiar.
Las madres preparan a sus hijas para su primera regla, pero es mucho menos frecuente que más adelante les hablen de su propia experiencia con la menopausia, a pesar de ser una fase igualmente relevante de sus vidas.
La menopausia ha sido silenciada durante siglos, pero cuando este silencio se rompe a menudo es para presentarla desde una perspectiva negativa. Una simple búsqueda de esta palabra en Google Images nos muestra cómo la asociamos al sufrimiento (sofocos, dolores, ansiedad), al inexorable paso del tiempo y a su tratamiento médico.

Investigar el lenguaje que usamos para hablar de la menopausia en diferentes contextos puede ayudarnos a comprenderla mejor y a descubrir algunos sesgos socioculturales que a menudo nos pasan desapercibidos.
El discurso biomédico sobre la menopausia
Hablar de la menopausia en el entorno médico ha implicado utilizar metáforas reduccionistas y patologizantes que la equiparan con enfermedades mentales(neurosis, a comienzos del siglo XX) o con fallos orgánicos (ovárico, hormonal).
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Investigar el lenguaje que usamos para hablar de la menopausia en diferentes contextos puede ayudarnos a comprenderla mejor y a descubrir algunos sesgos socioculturales que a menudo nos pasan desapercibidos.
El discurso biomédico sobre la menopausia
Hablar de la menopausia en el entorno médico ha implicado utilizar metáforas reduccionistas y patologizantes que la equiparan con enfermedades mentales(neurosis, a comienzos del siglo XX) o con fallos orgánicos (ovárico, hormonal).
La menopausia se ha entendido como un problema que debe corregirse. Hasta se ha llegado a comparar con la obsolescencia programada. Y así se sugiere que el cuerpo de la mujer deja de ser funcional al cesar la menstruación, dando comienzo al declive, la pérdida de valor y la vejez.
En este contexto, expresiones como “la edad crítica” o “el climaterio” refuerzan su visión negativa, como si, a su llegada, las mujeres debiésemos entrar forzosamente en la unidad de cuidados intensivos.
Un estudio reciente de más de 600 textos biomédicos ha identificado un predominio de palabras asociadas a emociones negativas en este ámbito. También constata la abundancia de metáforas que presentan a las mujeres como “víctimas” de una “enfermedad” caracterizada por fluctuaciones hormonales y emocionales, pérdida de identidad y calidad de vida (sofocos, ansiedad, e insomnio).
El lenguaje biomédico ha dado voz y respuesta a las inquietudes de muchas mujeres que viven la menopausia con distintas experiencias físicas y emocionales. Sin embargo, también ha reforzado los estereotipos negativos sobre ellas y promovido actitudes socioculturales negativas hacia el envejecimiento.

Ejerciendo presión sobre las mujeres para encajar en estándares irreales de juventud y belleza, el discurso biomédico ha favorecido la promoción generalizada de la terapia hormonal sustitutiva, frecuentemente presentada como un “elixir de la juventud”.
Este lenguaje homogeneizante sobre la menopausia choca frontalmente con las perspectivas feministas que resaltan su naturaleza única y personal para cada mujer. También contrasta con numerosos estudios interculturales en los que emergen visiones más diversas y menos patologizantes.
Mientras algunas culturas carecen incluso de una palabra para nombrarla, en otras su significado varía enormemente. En Occidente, se asocia con una fase crítica y conflictiva para la mujer. Sin embargo, en sociedades orientales y matrilineales, representa una etapa de mayor autonomía y de alto prestigio social.
¿Qué dicen las mujeres?
Una investigación sobre el lenguaje de las mujeres británicas en sus conversaciones sobre la menopausia revela que utilizan metáforas maleables que les permiten expresar experiencias
Ejerciendo presión sobre las mujeres para encajar en estándares irreales de juventud y belleza, el discurso biomédico ha favorecido la promoción generalizada de la terapia hormonal sustitutiva, frecuentemente presentada como un “elixir de la juventud”.
Este lenguaje homogeneizante sobre la menopausia choca frontalmente con las perspectivas feministas que resaltan su naturaleza única y personal para cada mujer. También contrasta con numerosos estudios interculturales en los que emergen visiones más diversas y menos patologizantes.
Mientras algunas culturas carecen incluso de una palabra para nombrarla, en otras su significado varía enormemente. En Occidente, se asocia con una fase crítica y conflictiva para la mujer. Sin embargo, en sociedades orientales y matrilineales, representa una etapa de mayor autonomía y de alto prestigio social.
¿Qué dicen las mujeres?
Una investigación sobre el lenguaje de las mujeres británicas en sus conversaciones sobre la menopausia revela que utilizan metáforas maleables que les permiten expresar experiencias muy diversas y cambiantes.
Entienden ese periodo como un viaje con muchas estaciones. El camino a veces está lleno de baches y túneles. Otras veces se asemeja a una montaña rusa, a una larga travesía por un mar embravecido o a un breve paseo por aguas pantanosas. Y en ocasiones se trata de un viaje de autodescubrimiento, un trayecto lento por carreteras secundarias, en el que no hay fecha límite, que permite disfrutar del paisaje sin preocupaciones.
También entienden la menopausia como una fuerza negativa. Esta impacta sobre ellas sin previo aviso trayendo el caos a sus emociones, a su estabilidad mental y a sus relaciones familiares y sexuales.

Sin embargo, esa misma fuerza a menudo se torna positiva. Las saca de su zona de confort, les obliga a repensar sus necesidades y a ponerlas en primer lugar después de años de cuidados familiares. La menopausia les empuja al autocuidado y cambia el rumbo de sus vidas para mejor.
Durante su viaje a través de la menopausia muchas refieren sensaciones de pérdida de identidad mediante la metáfora del yo dividido: “Dejé de sentirme yo misma […] como si un alienígena se hubiese apoderado de mi cuerpo”. Pero esa misma metáfora les sirve para expresar los efectos positivos de la transformación que la menopausia finalmente ejerce en su persona: “Me sentía como si fuera una nueva yo y era maravilloso”.
Sin embargo, esa misma fuerza a menudo se torna positiva. Las saca de su zona de confort, les obliga a repensar sus necesidades y a ponerlas en primer lugar después de años de cuidados familiares. La menopausia les empuja al autocuidado y cambia el rumbo de sus vidas para mejor.
Durante su viaje a través de la menopausia muchas refieren sensaciones de pérdida de identidad mediante la metáfora del yo dividido: “Dejé de sentirme yo misma […] como si un alienígena se hubiese apoderado de mi cuerpo”. Pero esa misma metáfora les sirve para expresar los efectos positivos de la transformación que la menopausia finalmente ejerce en su persona: “Me sentía como si fuera una nueva yo y era maravilloso”.
El lenguaje que utilizan las mujeres para hablar de esta fase vital presenta un escenario mucho más diverso y equilibrado que el que emerge del discurso biomédico. Incluye tanto los problemas físicos y emocionales asociados a ella como sus beneficios (liberación de la menstruación y de embarazos no deseados, final de la fase de crianza y cuidados familiares, recuperación de autonomía y libertad).
Los silencios también hablan
Los efectos físicos y psicológicos de la menopausia pueden convertirse en un obstáculo laboral o en la causa de la pérdida de su empleo para algunas mujeres. En el Reino Unido varios fallos judiciales han reconocido explícitamente esta etapa de la vida como una fuente “invisible” de exclusión del mercado laboral.
Un estudio comparativo sobre el discurso judicial revela que en España, por el contrario, las referencias explicitas a la menopausia en juicios de incapacidad laboral de mujeres en este periodo son escasas.
La base oficial de datos CENDOJ, cuya función principal es gestionar, procesar y difundir la jurisprudencia del Tribunal Supremo, apenas recoge evidencias de mujeres que hayan alegado discapacidad o impedimento causado por la menopausia entre los años 2020 y 2022.
El análisis de seis procesos judiciales (tres españoles y tres británicos) muestra diferencias significativas en el uso del lenguaje.
En los procedimientos judiciales británicos se menciona abiertamente la palabra menopausia para explicar los problemas físicos y psicológicos que afectan la capacidad laboral de la demandante. Se enumeran abiertamente sus síntomas (insomnio, estrés, depresión, migrañas, sofocos, etc.) y su impacto en el desempeño profesional.
En contraste, en los procesos judiciales españoles sorprende la ausencia de la palabra menopausia en dos de los tres casos analizados y su uso marginal en el tercero. Se opta por términos genéricos como “accidente”, “incapacidad temporal”, “trastorno”, “estrés” o “ansiedad”.
Las demandantes no quieren o no pueden vincular la causa de sus dolencias con las propias de la menopausia. Este silenciamiento refleja la persistencia de estigmas y prejuicios hacia la menopausia en España. También revela una brutal asimetría legislativa respecto al Reino Unido, donde se reconoce como causa de discapacidad laboral.
Las palabras y los silencios que rodean a la menopausia son reveladores. Frente a los sesgos negativos que reflejan los discursos biomédico y judicial, el lenguaje que utilizan las mujeres la presenta como un viaje único y cambiante. Prestar atención a sus relatos puede evitar tanto su sobremedicalización como la falta de atención en el ámbito jurídico y laboral.
Fuente: The Conversation
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